

Memoria Telecápita 2011
“Los muertos, de George Carrington y Mario Alvares: teleficción, memoria y realidad”
Por: Nancy Mendoza
La presente ponencia fue leída en el marco del I Encuentro Internacional Telecápita. Arte, Pensamiento y Nuevos Relatos el viernes 28 de octubre de 2011 en el Centro Cultural de España en México, en la mesa que llevó por nombre “Ficción cuántica y tele-narración”.

I
La aparición de la teleserie Los muertos (The Dead; Fox, 2010-2011) es uno de los acontecimientos más interesantes de la tele-narración entendida como arte. Con tan solo dos temporadas en su haber, la primera, una reelaboración de Blade Runner, de Ridley Scott, y la segunda, una profunda concatenación de sentidos que dialogan con el serial Los Soprano, Los muertos se confirma como un elemento visual de gran autenticidad en plena era tardoposmoderna, pues dialoga con la historia, los estatutos de realidad, la posibilidad de atrapar el presente y la valorización de los afectos mediados por los dispositivos electrónicos, es decir, las pantallas.
Sus creadores, George Carrington y Mario Alvares representan la reactualización del romanticismo en una época en donde parecía imposible el ocultamiento. Los dos autores logran lo que ningún otro de sus contemporáneos: grabar tan solo dos temporadas de una serie que se convierte en un éxito de dimensiones globales gracias al impacto que causa en las relaciones interpersonales e interficcionales (la relación entre el individuo con las ficciones o ilusiones aceptadas en el marasmo de lo convencional), logran por oposición imposible un producto de dimensiones inéditas: la trampa al mercado desde el interior del sistema de tele-producción; es decir, logran que ni los imperativos de los productores ni las estrategias de marketing pudieran montarse o dirigir los contenidos de la ficción, pues, como ya dije, la serie se concibió con dos temporadas y por más que las marcas pujaran para alargar la vida de este serial con la incorporación de alguna anécdota tangencia o el desarrollo de algún personaje interpretado por actores de cierta gracia que sin duda pueden convertirse en afiches de alguna corporación, lo máximo que el mercado pudo hacer para sacarle un poco de jugo a esta serie fue pervertirla con literatura: mandar a hacer su versión novelesca, la cual se publicaría en 2011 y en 2012 se va a convertir en un best seller. Pero Carrington y Alvares también logran dar un giro romántico desde el interior mismo de una de las industrias más grandes de la actualidad, la industria del entretenimiento, pues reactualizan la estética de la desaparición en su sentido positivo: la renuncia desde el salto al vacío pero no un vacío nihilista sino un vacío pleno, como la ubicuidad de la Isla que atrapa a los personajes de la teleserie Lost, un vacío permutable. El símbolo romántico no podía ser más contundente en la realidad: finalizada su segunda y última temporada, después de un año de giras y de ofrecer entrevistas a medios internacionales, sus creadores simple y sencillamente desaparecieron.
Ahora bien, Los muertos es una teleserie pensada desde el principio como una totalidad en expansión que una vez filmada se ha liberado para quedar al servicio de sus fans, quienes tienen la posibilidad de manipularla a su antojo, jugar con teoremas de abstracción suicida o aproximarse a ella desde la metafísica del chicle, es decir desde su doble cara, como los bubaloo y las tutsi pop: como superficie sólida y como elasticidad inmanente e incierta en su chiclocentro.
Eso es lo que intento hacer: tomar la teleserie a mi antojo para proponer algunas ideas más nunca una lectura final ni siquiera global de un texto que es en sí mismo una puesta en duda del sentido y de la realidad. Porque si me he referido a ella en términos de realidad televisada, Los muertos no existe como nosotros estamos acostumbrados a que existan las cosas: Los muertos jamás ha sido grabada aunque por otro lado quién sabe, pues según la teoría cuántica cada posibilidad implica una decisión y cada una de éstas compone un mundo. Me parece que eso es lo padre de pensar que la ausencia de sentido amplía las miradas y no lo contrario. Los muertos en nuestro mundo, éste en el que yo estoy hablando en una mesa de Telecápita diciendo que estoy hablando en una mesa de Telecápita y en el que tú me escuchas decir que estoy hablando de mi misma hablando en una mesa de Telecápita, en ese mundo Los muertos es una novela escrita por un español afterpop llamado Jorge Carrión que en ella escribe sobre un mundo en el cual se transmite por la cadena Fox desde el 2010 una teleserie llamada Los muertos (The Dead), la cual por estas fechas habrá llegado a su fin, una teleserie que a su vez, dentro del mundo de la novela pensada por Carrión, habla sobre un mundo donde los personajes muertos resucitan como venidos del futuro, más o menos a lo Terminator, con relampaguitos de energía, glúteos al descubierto y pectorales depilados, para emprender una búsqueda: su propia identidad, pues como personajes sufren el privilegio de padecer destellos, flashes, interferencias, que los remiten a sus vidas pasadas, solo que son incapaces de identificar esas señas y esos signos de otro tiempo y de otra vida por lo cual tanto en éste como en otros mundos difícilmente dejarán de ser muertos vivientes, caminantes, sonámbulos.
II
Una pausa. Antes de seguir con la novela y luego de desilusionarlos con la ficcionalidad de esta teleserie, quisiera proponer algunas inquietudes que oscilan entre la novela, la literatura, el arte, el cine, internet y la televisión, inquietudes que a mi parecer radican en el fondo de este Encuentro: la posibilidad de la continuidad literaria en otros medios o plataformas.
En un capítulo de iCarly, un programa gringo para teenagers (no es una tele-serie, aquí vale hacer una distinción entre las sitcom como Friends y Two and Half Men, con series como Los Soprano, Lost, The Wire, The Walking Dead), esta trata sobre tres amigos de secundaria que semanalmente se reúnen en el ático de Carly para transmitir un programa por Internet que es muy exitoso. En un capítulo, la amiga de Carly, Sam, tiene que leer un libro para cumplir con una tarea pero como le da mucha flojera y además nunca ha hecho algo parecido a eso le paga a un compañero para que éste lo lea por ella, sin embargo el chico que haría el trabajo sucio se tarda en acudir a la cita y ella, en el aburrimiento, comienza a leer el libro. Sus amigos al verla se sorprenden y ella les dice algo que me parece revelador en esta época de la imagen: “leer un libro es genial: es como televisión en mi cabeza”.
Ahora bien, mi generación, algunas otras un poco mayores, y todas las que me siguen son generaciones que han visto televisión desde que nacieron y no resulta extraño que exista una especie de intimidad familiar con el televisor, que conozcamos sus formatos, sus distintos modos de entretener, su afán constante de tenernos satisfechos (algunos dirán idiotizados) pero más importante, su lenguaje. Claro, el afán que recién he mencionado no es siempre logrado ni tampoco tan afanoso y para ejemplo tenemos el caso de la televisión mexicana, que ni siquiera tiene cabida en este análisis, pues aquí me refiero a las tele-novelas (con guioncito en medio) y no a las telenovelas, esas sí muy ligadas a la virgencita de Guadalupe y al melodrama.
Ahora bien, mi generación, algunas otras un poco mayores, y todas las que me siguen son generaciones que han visto televisión desde que nacieron y no resulta extraño que exista una especie de intimidad familiar con el televisor, que conozcamos sus formatos, sus distintos modos de entretener, su afán constante de tenernos satisfechos (algunos dirán idiotizados) pero más importante, su lenguaje. Claro, el afán que recién he mencionado no es siempre logrado ni tampoco tan afanoso y para ejemplo tenemos el caso de la televisión mexicana, que ni siquiera tiene cabida en este análisis, pues aquí me refiero a las tele-novelas (con guioncito en medio) y no a las telenovelas, esas sí muy ligadas a la virgencita de Guadalupe y al melodrama.
No cabe duda que la televisión norteamericana de paga se encuentra en un momento de esplendor y madurez, pues llegó la era en que muchos programas sobrepasan el límite del entretenimiento para darnos, además, conocimiento. Como ejemplos tenemos los documentales que siempre nos han develado toda una larga investigación pero ya no resultan aburridos para las personas comunes sino que ahora también son interesantes y atractivos; pero sobretodo, algunas teleseries que pueden considerarse dentro de las grandes novelas del siglo XXI. Esto que puede parecer muy arriesgado intentaré desarrollarlo en estas líneas como una alternativa para ubicar un enfoque de profundidad en los nuevos relatos que se constituyen avanzado el siglo XXI. Estoy segura de que el mundo de la ficción, el mundo que compete a los personajes densos, hoy en día ha encontrado un amplio universo que le permite desarrollarse mejor que en ninguna otra plataforma, el universo que componen las teleseries norteamericanas.
No en vano un autor latinoamericano de formación profundamente moderna, que ha leído a Lukács y a los grandes autores de la tradición rioplatense pero también universal, Ricardo Piglia, quien además imparte clases en los Estados Unidos, ha mencionado que las teleseries son «grandes experiencias de realismo social». Y es más, dice que las teleseries son «un campo de investigación importantísimo. Entonces ―afirma― no podemos pensar que la novela no está ligada con estas nuevas formas de narración que aparecen en la televisión».
La literatura siempre está ahí no sólo para reflejar el mundo sino, sobre todo, para dar su visión del mundo, siempre ligada a un contexto particular y por lo que debe adaptarse a su tiempo. Tan es así que luego de una larga historia llegó un momento en que las personas dejaron de identificarse con los grandes héroes épicos que cumplían hazañas guiados por dioses y comenzó una etapa en la cual serían las personas comunes quienes buscaran el sentido de su vida componiendo toda una nueva épica en formato interior e intensivo. Por eso digo que la literatura nunca ha estado aislada del mundo que la rodea, es más, siempre ha acompañado el ritmo humano, sus virtudes y sus grandes debilidades, sus descubrimientos e inventos y las formas de comunicación que construye y crea y así adapta a su forma las tecnologías del momento. Pero la literatura, la buena literatura, no se regodea en ella misma y en cambio da paso a nuevas formas de expresar la creatividad humana: pasó del mito a la epopeya, de la epopeya a la novela y de esta a la tele-expansión narrativa, ficción cuántica y tele-novela o tele-serie. La novela moderna es búsqueda, investigación y como tal necesita de herramientas necesarias para lograr su objetivo. Pero en la medida en que cambia la humanidad y la forma relacional de los individuos, la novela también se complejiza. De esta manera, la novela tiene que volver a la distancia para transmitir su sentido y ya no para encontrarlo en el fondo, la virtualidad estimula nuestras aspiraciones en mayor medida que la territorialidad. Somos hijos de la Imagen y del simulacro. Somos hijos de la televisión y somos incapaces de renunciar a ella, de la misma manera en la cual los más jóvenes serán incapaces de renunciar a las múltiples funciones de sus dispositivos electrónicos con los cuales se entienden mucho mejor que con sus propios padres. En este sentido, en el plano de la moral, nuestra responsabilidad es capturar la aceleración para poder linkearnos con el futuro cuando formemos parte de las hordas del pasado, acceder a las pantallas sin el miedo de desaparecer sino con toda la convicción de hacerlo. La tele-novela es la recuperación del aura según Benjamín, o sea: la expresión siempre inacabada de una lejanía. Pero en palabras más sencillas, la tele-novela propone advertir los modos en los cuales se incorpora arte en las narrativas visuales que se transmiten por televisión. Y la distancia ética que introducen mora en la posibilidad de expandir los horizontes de lo sólido hoy desvanecido: permitir que la serialidad y la influencia del Internet hagan su parte en la composición dialéctica de los relatos ultramodernos, composición que ya no depende exclusivamente de un autor.
En español el término telenovela (sin guión en medio) se refiere a los melodramas a que muchas señoras y niñas son adictas. Pero no es en ese sentido como quiero leer telenovela sino en un sentido más alejado de los monopolios televisivos latinoamericanos y más cerca de series norteamericanas como Los Soprano y The Wire. Tele-novela, una novela de verdad con un formato televisual, una novela por entregas en las pantallas de televisión, una serie de capítulos que conforman una novela.
III
La expansión de la literatura no sólo va en una dirección, sino que también regresa, y es aquí donde retomo a la chica que dijo que leer es como tener televisión en su cabeza, pues el libro de Jorge Carrión llamado Los muertos es justamente eso: un libro con formato de serie de televisión, una novela escrita que es una teleserie norteamericana. Los muertos, a mi parecer, es un libro que funciona y logra eco (se siente como tener televisión en tu cabeza) porque le habla a todos aquellos que crecimos con la tele prendida, porque se integra en un contexto que implica elaborar conexiones y crear redes y porque también se inscribe en un momento en que la literatura se adapta a la efervescencia de la tecnología y muta. Con esto último no quiero decir que la forma tradicional de hacer literatura vaya a desaparecer, pues eso sería tan tonto como pensar que se dejará de tocar guitarra eléctrica porque se pueden generar secuencias de beats por computadora.
Entonces, al escribir esta ponencia me encontré con el problema de saber si Los muertos es una novela con formato de serie o es una serie con formato de novela, quizá no es ni una ni la otra o tal vez sea las dos, estuve tentada a preguntarle al autor pero pensé que sería como interrogar a Borges sobre las obras de Pierre Menard y no es mi intención andar molestando a las personas. Así que asumiré que son las dos, lo asumiré de esta forma porque si no esta ponencia no tendría caso.
Los muertos, en la realidad, es un libro que comprende dos temporadas de la serie homónima y dos artículos, uno que describe las reacciones de los espectadores frente a la serie y el otro que indaga en el tema de fondo que propone: la posibilidad afectiva de los personajes de ficción como una metáfora de la memoria histórica, de la ética del creador, de la apropiación de las historias junto con una inexpugnable apertura a la libre circulación de las ideas y de nuestro sentido del peso frente a la historia. Los muertos, en la ficción, es una serie de dos temporadas que se transmite por el canal Fox, la cual es escrita, dirigida y producida por Mario Alvares y George Carrington, actuada por actores de teatro que nunca más aparecerán en televisión. Los muertos es un relato que contiene un universo con su propia historia, Los muertos es este mundo tal como lo conocemos pero con una serie del canal Fox llamada Los muertos, con miles de fans alrededor del mundo que durante el año y medio que se transmitió no pararon de hacer fanfiction (la interpretación y reescritura de los fans de series, películas u obras literarias).
En un sentido lúdico podríamos caracterizar dicha obra como telenovela, ya que es una serie con formato de novela o viceversa, pero también tele-novela, con guión en medio, por el sentido de la raíz de televisión: tele significa a distancia. Cuando Heriberto Yépez habla de televisión la define como «la tecnología que suple y modifica la función de pensar»; en el caso de Los muertos la novela da cuenta de una especie de contrario: «la novela modifica la forma de hacer tele».
Jorge Carrión ha dicho que Los muertos es la primera parte de una trilogía, así que como tal es una obra inacabada, pero por ahora la obra funciona por sí sola al ser una obra ambiciosa y lúdica, que nos propone un pacto de ficción doble: en primer lugar, transmitir por medio de unas cuantas páginas una experiencia televisual, y en segundo lugar, introducir en nuestro imaginario una teleserie real que sin embargo no se ha transmitido por canal Fox. El juego entre la realidad y la ficción que propone Carrión se vuelve todavía más interesante si tomamos en cuenta su último libro de ensayos el cual tiene un título muy telecápito, el libro se llama Teleshakespeare, y su tesis fundamental, que no central pues está compuesto desde la relacionalidad periférica de los conceptos, sostiene que las teleseries norteamericanas son aquellas que hoy en día, como en el pasado lo fue el Globo de Shakespeare, son las únicas capaces de reproducir de un modo complejo nuestro tiempo y contexto histórico particular. Lo interesante es que en esa serie de ensayos sobre obras como The Wire, Los Soprano, Battlestar Galactica, The Walking Dead, Fringe, Lie To Me, Mad Men, Lost, etc. Carrión dota de solidez a su propia ficción pues de pasada llega a dar algunos ejemplos de la teleserie Los Muertos tomándola como teleserie y no como novela y la hace dialogar con otras series que sí se han transmitido por el televisor. Una frase extraída de Los muertos resume la postura de Carrión al respecto: Roy Baty le pregunta a Nadia en la primera temporada de la teleserie: « ¿Qué ha habido de real en lo nuestro?» Ella le contesta: «Todo es real, Roy, todo lo que nos ha pasado, todo lo que ocurre en una pantalla, todo es realidad: todo lo que nos ha pasado es realidad concentrada».

El reto, una vez que la realidad se ha convertido en simulación y los grandes consorcios de telecomunicación crean nuestros relatos es, como lo indica Telecápita: «¡asaltar la fábrica de la realidad!» Los muertos es una de las expresiones literarias que en un tono muy directo se oponen a la ingravidez de la simulación virtual incorporando en una novela la aceleración de los tiempos y el lenguaje visual y, por otro lado, incorporando la novela de complejidad en el formato teleserial llevando la complejidad ya no a un estadio rizomático sino radicante, cuántico y múltiple, en expansión como el universo, como nuestras vidas con todas sus miserias, como nuestros dobles caras y nuestras múltiples visiones del presente, nuestra existencia en paralelo.

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